15 nov. 2012

La pastorcita Bego...

La pastorcita Bego...

NOTA: Cuento dedicado a "Galicia Maravillas" para mí "Galicia Maravillosa". Bego, lo prometido es deuda...

Pero qué linda, qué guapa, qué preciosa era la pastorcita Bego. El verdor de las praderas pintó esmeraldas en sus ojos. El fulgor de las amapolas puso caricias en sus mejillas y la nieve de la sierra, blancura resplandeciente en su cuerpo. Bego era una niña muy alegre, hacía felices a los demás con sus cosas, todas ellas llenas de pasión y ternura, no se percataba de ello y además era muy dulce y gentil.

Su madre, la señora Armonía, guardaba éste, su único tesoro, como guardan las madres a sus hijos, con verdadera avaricia.

Poseían un rebaño de ovejas y cabras. Además tenían un perrito de nombre Pernales y un gatito de nombre Ánibal. El perro era todavía muy chiquitín pero muy fiero, y claro poseían una casita para morar en ella, de adobes, y cañizo, ésta era endeble a los vaivenes del viento, colándose el mismo por rendijas y agujeros.
Todos los pastores y zagalas de los contornos, se rifaban a Bego, todos ansiaban tenerla con ellos, regalándola requesones, miel, pan recién cocido y leche fresca, la pastorcilla de nuestra historia era muy comilona, siempre tenía hambre, jejeje.

Ella con sus ocho años venturosos, se complacía dejándose mimar, prodigando caricias y compañía a todos, era muy buena.

También David, el triste y huraño pastor, adoraba a la chiquilla, pero este embeleso lo encerraba, para si, dentro de su pecho, atisbando por entre zarzas o entre los árboles, el gracejo de la niña.

David llego un día al monte sin saber de dónde ni cómo. Vino con un enorme rebaño de ovejas y un perro mastín de nombre Tarzi, grande y feroz, del que jamás se apartaba. Traía David tristes los ojos, pero en ellos dormía una luz bondadosa y sus labios temblaban emocionados... contemplando una puesta de sol o el cielo salpicado de estrellas.

Los demás pastores, negaron su hospitalidad al recién vecino y tan sólo por envidia. Hablaban por hablar y mal de él.

- A saber quién será
- Quizás haya robado y por eso tiene un gran rebaño
- Tiene traza de cualquier cosa


La cuestión es que viene a disputarnos los pastos, y a dejar más seco el río de lo que está, como podéis observar, encima de envidiosos, poco generosos, no queriendo compartir, con lo hermoso que es hacerlo.

- ¡Fuera ese forastero!
- ¡Guerra con él!

Vaya comportamiento... tan malsano tenían los demás pastores con el pobre David, que lo único que había hecho era tener un rebaño más grande, y hermoso que el de los demás, debido a su tesón y esfuerzo, pero por desgracia así se conducen algunas personas... haciendo daño por envidia sin sopesar las graves consecuencias que ello puede acarrear.

Pronto comprendió el pastor el enojo de sus vecinos. Nadie le saludaba y todo por celos. Apartándose de él cual si fuese un leproso y también sorprendido dolorosamente, tornóse desconfiado, no era para menos, huraño y una rebeldía iba apoderándose de su alma, pues no entendía el comportamiento de sus vecinos. Él mismo construyó muy lejos, apartada del poblado pastoril, su casa – cabaña. Condimentaba su comida. Bajaba al arroyo a lavar su ropa. Y siempre estaba solo.

Un día vio en el monte a Bego, quedando prendado de su gentileza y ternura. Una lágrima pareció temblar en sus ojos, una lágrima que rápidamente secó con la mano y pensó:

- Así sería mi niña si viviese –dijo en voz queda-

Tenía ansia, tenía afanes de besar aquel pimpollo primaveral, pero la pastorcita le miraba medrosa, alejándose de él, qué malas son las habladurías y envidias sin fundamento! Porque su madre Armonía escuchaba todo aquello que se murmuraba de David, que a saber de dónde vendría, que si era malhumorado, huraño, desconfiado, patatín y patatán. Le decía a su niña Bego que nunca bajo ningún concepto se acercase al pastor. Pero un día una ovejita se escapó del rebaño de Bego y sin saber cómo, se encontró frente a frente con David. A unos pasos de distancia, pero sin miedo, dijo la niña.

- ¡Hola!

Y el pastor contestó enseñando la blancura de sus dientes con una sonrisa.

- ¡Hola, linda pastora!

Nada más. Cuesta abajo corría sin freno hacia su casa con la ovejita extraviada.
Otro día el pastor tocaba su flauta. Eran unos sones melodiosos, tristes tañidos, canciones pastoriles, salpicadas de nostalgia.
Paso a paso la pastorcita iba cada día acercándose más a David. Y... se hicieron grandes amigos, y pasado un tiempo, David le regalo su flauta. Bego se fue corriendo a su casa para contárselo a su madre, y en cuanto le contó lo acaecido con David, su madre puso el grito en el cielo, esto es lo más perverso que se puede dar, cuando se juzga sin saber, por el mero hecho de tener celos de un semejante. Su madre Armonía ni corta ni perezosa rompió la flauta a trozos y arrojándolos lejos dijo:

- El Señor me la preserve de todo mal.

Bego, quedo suspensa. Aquello de que el pastor fuese tan malo, no cabía dentro de su cabecita, pero quiso salir de dudas y acechando el momento en que su madre reunía el ganado y llevaba a beber a Dulce, que era una vaca hermosísima, escapó al monte. Terca como lo son los niños en sus caprichos quería volver a estar con el pastor.

- ¡Hola!
- ¿Qué me dices, flor tempranera?

La niña dijo moviendo su faldita encarnada:

- Ya no tengo flauta
- ¿No?
- Respondió David
- No, madre la rompió porque dice que tú eres muy malo, que eres el diablo
- ¿Verdad, David, que tú no eres el Diablo?

Ante aquella inocente pregunta, el pastor quedó parado unos instantes. Luego dijo abrillantados sus ojos:

- No lo sé Bego. Lo que sí me consta es que tú eres un ángel, un angelito que me envía nuestro Señor en mi dolor. Y desde aquel mismo momento ya ninguna duda tuvo Bego y fueron más amigos... si cabe.

¡Qué larga le parecía la noche a David! Las sombras se le antojaban fantasmas. ¡Cuántas horas sin ver a la pastorcita! Después cuando venía la aurora, una ventura le arañaba el corazón: Pronto vendrá Bego. Espiaba su venida dado grandes zancadas, anhelante su pecho y cuando de lejos vislumbraba a sus bracitos al aire como las de un ángel, sentíase desfallecer de dicha.

Un día después de estar con David, al llegar a su casa su madre le dijo que se iba a la ermita, y que no la podía llevar ya que estaban en el mes de enero y hacía mucho frío, que era mejor que la esperase calentita en casa, y sobre todo que no abriese la puerta a nadie.

Los lobos que estaban por allí se percataron del hecho. Y ni cortos ni perezos aprovechando que Armonía se había ido, se personaron en la casita de madre e hija, la engañaron imitando a un montón de animales, para que Bego abriese la puerta, pero la niña no hacía caso y por supuesto seguía los consejos de su amada madre y no abrió la puerta. Los lobos se pusieron muy furiosos. Bego estaba muy asustada además el viento hacía brú, brú, brú y glu, glu, glu murmuraba la lluvía.

El capitán de los lobos se enfureció, diciendo estamos perdiendo el tiempo, esta niña nos va a tener a la intemperie, así es que manos a la obra. La casa es endeble, adobes y cañas. Alzáronse los lobos en sus patas traseras y comenzaron a hincar, con furia, sus zarpas en las frágiles paredes.
El viento: brúuuu... brúuuu
La lluvia: gluuu... gluuu
Y las patazas lobunas: ras... ras, ras, ris, rasss.

La pastorcilla gritaba, y gemía con todas sus fuerzas... les decía tuviesen compasión de ella. La casa iba cediendo, abrióse una rendija y así otra y otra. Bego podía ver sus hocicos. Había ya muchos boquetes, la pastorcita lloraba y temblaba. Su carita estaba completamente pálida. Sintió que la vida se le escapaba.

De repente: Algo atravesó el aire. Un silbido atronador, al mismo tiempo que cuerpo a cuerpo iban cayendo en el suelo. Inmediatamente una lucha sin igual. Garrotazos... lamentos... aullidos y después el silencio sólo interrumpido por el brúuuu... del viento.

Una hora después llego la señora Armonía y una congoja inenarrable recorrió su ser. La casita estaba deshecha, llena de boquetes y la puerta cedió a un pequeño empuje.

- ¡Bego! ¡Bego! ¡ Bego! –habló presa del terror-
- Los lobos madre. Los lobos...

Entonces reparó la señora Armonía. Cinco lobos aparecían muertos cerca de la cabaña y un poco más allá, estaba el pastor ensangrentado y cubierto de dentelladas.

Le curaron cuidadosamente. Él habló preso de la emoción:

- Desde mi cabaña, sentí los aullidos y pensé si algún daño podría ocurrir a mi niña querida... Cogí mi honda, acompañada de grandes piedras y mi garrote. Los lobos cercaban la casa y emprendí una lucha cuerpo a cuerpo. Algunos murieron, a otros les hice huir... Yo estoy herido, pero ella... ella...

- Bego no padece daño alguno
- Alabado sea el Señor –dijo tímidamente.
- Y... añadió: llevadme a mi cabaña.

Pero la madre de Bego, Armonía, envuelta en sollozos de gratitud, contestó:

- ¿A su cabaña? ¡No, no, no, no... de ahora en adelante vivirá con nosotras!
- Vamos... si usted quiere y le parece...

En los ojos del heróico pastor, David, asomó una lágrima de felicidad.

Colorín colorado este cuento se ha acabado.


CreacionesLuz49

1 comentario:

Marina-Emer dijo...

Aunque no lo creas...
Te busco entre espinos de rosales rotos,
Entre la corriente del agua tranquila.
Entre sol y sombra,
Entre dos esquinas,
Te busco en las letras de mi poesía.y con un poema recibe este dia.
con cariño
un abrazo
Marina